Del poder, la oficialidad y el poeta
Leído como introducción en el debate sobre la antología Sostener la palabra
Introducción
Especulemos un poco con la metacrítica: ¿qué habría sucedido si aquella nota sobre la antología hubiese sido firmada por un crítico de La Nación? ¿Habría generado interés, polémica? ¿Habría recibido respuesta? Aventuro que probablemente no habría pasado nada. Eso es un buen ejemplo de lo que es la oficialidad: una figura instaurada como depositaria del saber, pero que no es cuestionada; más aún, una figura fosilizada que no provoca reacción, porque su interés no es provocar reacción, pues ello implica desajustar el sistema que la sustenta. Veamos otro ejemplo: si yo hubiese escrito exactamente las mismas conclusiones sin necesidad de dar nombres, si hubiera escrito un texto moderado, pulcro, sin exageraciones ni ironías, felices o no, probablemente, ¿se habría generado reacción? Nuevamente la respuesta es negativa. En mi texto hay muchas imprecisiones y muchas arbitrariedades, pero sobre todo ironía. Cierto. Si hubiese escrito un texto carente de tales características, ¿a quién le habría llamado la atención? ¿Lo hice para llamar la atención? Efectivamente, pero no sobre mí, que es lo fácil. ¿Logré llamar la atención sobre nuestra poesía? Esperaría que sí. ¿Y por qué usualmente no hay reacciones ante las críticas? Hechas estas salvedades, quiero dejar claro que mi interés es discutir sobre la actividad poética de este país. Ahora, si esto no fuera posible porque el clima no es el apropiado, de antemano debo aceptar mi responsabilidad absoluta, pues no puedo exigir ahora seriedad, cuando yo mismo hice muchas anotaciones a la ligera, con el ánimo de irritar y exasperar. Pero igual, esperaría que lográramos tocar tierra en algún punto que nos permita escucharnos.
Tema
¿Quiénes son los poetas oficiales? ¿Qué es la oficialidad? ¿Quién establece un canon y quién forma parte de él? La oficialidad es una entelequia, una abstracción. Visto de esta manera, el asunto se convierte en un círculo vicioso, porque finalmente, habrá momentos en los que creeremos estar fuera del círculo, pero cuando nos venimos a dar cuenta, ya estamos dentro, precisamente por no ser claros y directos sobre nuestras posiciones, o sencillamente, porque el poder no es fácilmente ubicable. Es cierto: puedo criticar ciertas figuras de la oficialidad, porque la oficialidad es una figura, no una persona ni su obra, justamente por ello, tal oficialidad logra mantenerse sin ser combatida. En Costa Rica, el problema es mayor: no podemos combatir contra esa oficialidad, porque no hay escritores que la encarnen, más aún, me atrevo a señalar que en Costa Rica no hay poetas oficiales, lo cual más bien debería alegrarnos. Aquí, lo planteado por Adriano en la introducción de la antología y mi persona, coinciden. Pero, ¿qué es un poeta oficial? Aquel que ha sido, más allá de su calidad o de su obra, absorbido por el poder, colocado en los anaqueles de todas las bibliotecas, cimentado en bronce o en mármol, estudiado por los críticos y académicos, premiado constantemente, reeditado en lapsos bastante amplios, incluido en los programas de lectura de un Ministerio de Eduación, promovida su lectura; y lo más importante, citado ya sea por quien apenas cursó la primaria o por el doctor en letras. Ese poeta, habrá sorteado todos los mecanismos de institucionalización, habrá sido censurado por unos, golpeado por otros, alabado por muchos, pero sobre todo, leído. Y aquí leído significa que un pueblo, un país entero, reconoce al menos uno o dos de sus versos, los cuales se convierten en parte del acervo cultural de una región, y por lo cual serán juzgados todos sus predecesores. Que en todo lo anterior tenga culpa el poeta, es otro asunto, porque el poeta simplemente se dedica a escribir. Así las cosas, podemos pensar en muchos nombres que cumplen alguno de los requisitos, pero no todos: está el premiado sin mérito, el publicado en exceso o el convertido en mito. ¿Cuál es el poeta por excelencia de Costa Rica? No tengo respuesta para ello. Ahora bien, evidentemente estas preguntas encierran una trampa, porque definir un solo poeta es maniqueo, o establecer los criterios igual, pero al menos nos deja ver que nuestros paradigmas han sido débiles, donde débiles no significa que no haya habido o al menos no haya habido intentos por elaborarlos. En Costa Rica ha habido artistas de calidades reconocidas, de gran talento, pero que han tenido que soportar sus vidas aislados, marginados literalmente, exiliados, aún cuando han tenido sus quince minutos de fama. En este país ha habido intentos por provocar cambios que dirijan sus creaciones hacia nuevos territorios, pero siempre de modo disperso, porque no hay un soporte en nuestra historia sociopolítica, económica o cultural; también aquí, los avances han sido aislados y dispersos, ahogados en el tiempo mítico: reproducciones de la otredad, pero no para entenderla, sino para asimilarnos. Ahora, coincido plenamente con Adriano, hay mucho movimiento, mucha producción, se siente, pero también hay camino y trabajo por delante, y ese camino y trabajo por delante, es el mismo de toda Centroamérica. ¿Qué nos define, que nos caracteriza, que nos hace peculiares? ¿Qué diferencia a un poema costarricense de uno nicaragüense o de uno mexicano? Uno de los problemas para la difusión de la literatura de Costa Rica y de Centroamérica es justamente la falta de un aparato crítico. Aquí me dirán que la poesía se sostiene por sí sola, cierto, pero primero el lector debe conocerla, y en nuestras sociedades la literatura es un producto, una práctica significante que circula entre los miembros de la colectividad. Y ante tal situación, debemos construir los espacios y los mecanismos donde se despliegue tal aparato crítico; para luego no quedar ciegos, e impedir la generosidad para con los otros.
Pero bien, antes de continuar, detengámonos un momento y analicemos el concepto de poder. El poder no está en el centro ni es uno solo, por tanto, podemos responder a ciertos poderes en ciertos momentos. El poder está diseminado, corre del centro a la periferia y viceversa, siempre inestable, por eso es tan difícil ubicarlo o combatirlo. El poder puede ser combatido desde su interior, para seguir a Foucault, puede ser erosionado desde ese centro siempre móvil; sin embargo, en esta lucha el poder termina por absorbernos. La periferia, el margen, cuando se asume a sí misma como tal, lo que en realidad logra es asegurarse un lugar en esta economía del poder, una dinámica que le permite su supervivencia desde el lugar “que no es”. Dicho lugar es otorgado por el poder mismo y aceptado por aquel sobre el cual es ejercido tal poder. Visto desde esta óptica, no podríamos entonces afirmar quién detenta el poder. Ahora bien, asumiendo esto desde otra perspectiva, ¿cuál es el problema con que haya figuras oficiales, poetas de gobierno, con poder para hacer y deshacer en el mundo editorial? No veo ningún problema en ello, o más bien, la literatura no resiente en lo absoluto la existencia de tales parásitos. La literatura se sobrepone a los devaneos de aquellos que escribimos; y si no logra sobreponerse, en muchos casos, es porque no valía la pena, y cae en la ignominia del olvido. Un poeta oficial no hace daño justamente porque está maniatado por el poder. No importa lo que escriba, su palabra se pierde en la burocracia y los papeles amarillos de un registro público. Todo porque es en otro lugar , no afuera ni al lado, un lugar otro, desde el cual el poeta escribe, y de esa manera evade los mecanismos coercitivos, las presiones sociales y hasta sus constantes faltas de presupuesto o de delicadezas para su ego. Pero más aún, los poetas oficiales han existido a lo largo de la historia de Occidente, por poner un límite espacio-temporal. En la modernidad, Víctor Hugo, Goethe u Octavio Paz son buenos ejemplos. Y es aquí donde debemos distinguir entre el poeta oficial y sus textos, porque son los textos los que se sostienen, no el nombre ni sus laureles. El poeta puede ser un abyecto, un atorrante, pero su poesía no puede ni debe serlo. Me dirán acaso que ello no es posible. Podría repetir los mismos nombres, repasar las biografías y veríamos que sí es posible.
Así las cosas, vamos llegando al tema de la antología Sostener la palabra. En psicoanálisis, sostiene la palabra el sujeto inconsciente que se hace responsable de lo dicho. Una vez más, la intencionalidad del autor no es lo que cuenta. Decimos la mitad de las cosas que queremos decir, por ello es posible justamente el aparato crítico, por ello la literatura es organismo vivo, plurisignificante. Entonces, en la antología que nos ocupa, se incluye una introducción, que fue sobre la que yo centré mis críticas. Nótese que aunque en mi texto había generalidades, o generalizaciones, lagunas y arbitrariedades, que ameritan ser discutidas o rebatidas, no hablé expresamente de los poetas incluidos ni de sus estéticas, salvo excepciones. En este sentido, es importante observar cómo, en el proceso de construcción del canon, una forma sutil de censura es justamente la inclusión: el excluido, el que queda fuera de sistema es el que pone en evidencia; el incluido corre el riesgo de petrificarse, de regodearse en su inclusión y por ende marchitarse. Adriano me dirá que tal no era su intención, pero justamente esto comprueba que el poder no es una entidad fija y claramente discernible. Desde que hago selección, aplico mi subjetividad. A toda antología le sucederá lo mismo, y es el poeta el que debe sobreponerse a tal situación. Las antologías, aunque en sí mismas no tengan nada negativo, y seguirá habiéndolas, adormecen la palabra, encierran, y es el poeta quien debe salir de esa casa. Esto lo señala el antologador, y lo tiene claro, y lo sabemos nosotros, por ello, más útil o prudente dirán algunos, es evitar el aparato crítico, el cual siempre servirá como mediador entre el texto y el lector. Desde el punto de vista de la teoría de la recepción, apuntaría Umberto Eco, lo más importante es la intentio operis, es decir, la intención del texto, no la del autor ni la del lector. Todo ello no quita, eso sí, que cada cual pueda hacer lo que desee con un texto, y toda persona tiene el derecho de antologar a quien desee. Esto lo he mantenido desde el principio. Ni la antología ni el antologador tienen problemas, tiene problemas el discurso que sustenta tal antología; y tienen problemas aquellos incluidos. Cuando digo problemas, no me refiero a defectos que deben ser subsanados, me refiero a interrogantes que se abren. Esto es lo importante: a partir de ese corte, muy necesario, de esa muestra que ha hecho Adriano, ¿hacia dónde o de qué forma estamos construyendo nuestros discursos poéticos? ¿Cuántos de los poetas ahí incluidos cuestionó la decisión de ser incluido? ¿Cuántos presionaron para ser incluidos? ¿Cuántos poetas declinaron la oferta? ¿Cuántos se preguntaron si era prudente, con veinte años y un libro, ser incluido en una antología de poesía costarricense? ¿Cuántos se preguntaron por la significación de tal acto? Y esto no es una acusación, es buscar el cuestionamiento. Pero siguiendo con las preguntas: ¿los poetas incluidos consideran que su poesía es outsider o hippie, como se la define en la introducción? ¿No es acaso toda la poesía outsider o debe tratar de serlo? Probablemente el calificativo aplique para muchos de los jóvenes poetas que conforman la mayoría del texto en cuestión, pero de seguro no para todos. Es el mismo problema del arte comprometido. ¿No es acaso todo el arte comprometido? ¿Puede la poesía costarricense, escrita y publicada en los últimos quince años, ser conceptualizada realmente, como la más intensa, sorprendente e innovadora de Centroamérica? Una vez más: ¿qué es lo que nos diferencia? Para efectos prácticos, que poco o nada tienen que ver con la poesía, esta antología hubiera quedado muy bien definida como muestra, más que como antología. Me dirán que es un juego de palabras, y tienen razón, pero es que la poesía siempre es juego de palabras, y por eso, sostener la palabra es lo que hacemos. Y no es igual antología que muestra. Son dos conceptos diferentes, aunque superficialmente tratemos de nivelarlos. Además, el mismo antologador la llama muestra e indica que es un corte, pero sabemos que el título es sumamente importante, pues es un programador de lectura, y comprende todo un discurso, discurso que he tratado de leer desde el primer momento. Y como discurso que es, como todo discurso, presenta sus matices y sus contradicciones, que son, nuevamente insisto, las que nos permiten estar hoy aquí reunidos.
Inicia la introducción de la antología señalando que a pesar de que en Costa Rica ha habido autores importantes, no ha habido resonancia en Latinoamérica, pero que ahora eso ha cambiado. No comparto ese criterio del todo. Ya en el pasado, algunos nombres lograron ser escuchados en términos internacionales: baste citar a Yolanda o a Eunice; pero eso no pasó, nuevamente, de ser logros aislados y, sobre todo, para nada constantes. Actualmente, vemos otra vez que algunos nombres empiezan a alcanzar reconocimiento, algunas editoriales de gran tiraje han publicado autores ticos, pero nuevamente, no parece esto ser la norma ni la continuidad. Por el contrario, en un mundo como el que hoy nos toca vivir y enfrentar, la diversidad se ha abierto tanto, que incluso el mercado editorial tradicional es ineficiente. Insisto nuevamente, hoy estamos aquí gracias a Internet: en la red, además, podemos ver cómo se despliega este abanico de estéticas, de posibilidades; y logramos llegar a un cuestionamiento distinto de lo que la fama o el éxito representa, aunque ni la fama ni el éxito tengan nada que ver con la poesía,(nótese bien esto que digo), y aunque la tecnología misma sea blanco de nuestras críticas. ¿Es posible alcanzar la “fama” en un mundo tan heterogéneo y con tal cantidad de materiales, voces y propuestas? ¿Cuál es el papel del poeta en esta coyuntura histórica? Más aún, ¿cómo puede un poeta de viente años trascender esta coyuntura, cuando ahora ni siquiera los quince minutos de Andy Warhol son posibles? Las nuevas intersubjetividades, los nuevos mecanismos de relaciones, nos arrojan a una red que tanto nos hermana como nos separa, pero sobre todo, nos obliga a repensar los esquemas, éticos y estéticos, en que nos hemos desarrollado. Son estos los puntos que me interesan, y ojalá no sea yo tan ingenuo de creer que solamente a mí. El poeta asume, debe asumir, su momento histórico, y partir de ahí, lanzarse al vacío, sin red, en apuesta sin salida y sin retorno, con cero opciones de ganar.
Conclusiones
El poeta puede ser oficial, pero no su poesía. El poeta debe vivir bajo un régimen de pan y agua con el lenguaje, lo cual no significa menos, sino que significa rigurosidad, disciplina, estudio, lectura, lucha, crítica, cuestionamiento. El poeta, evidentemente, no puede estar callado, y si es callado, su poesía no puede callar. En Costa Rica hay mucho por hacer, hay muchas vías que desarrollar, no para ser aceptados por el otro, vecino o extranjero, sino para integrarnos, como si fuera naturalmente, a las múltiples voces que nos rodean, y hacer que nuestra voz se escuche. En esto, ni la fama ni el éxito tienen nada que ver, tiene que ver la palabra solidaria y a la vez contestataria, que puede serlo de múltiples formas, la palabra que ha pasado por un proceso de depuración y trabajo; sí, porque la poesía es un oficio, y como tal, tiene reglas, las cuales pueden ser rotas una vez que sean dominadas. El oficio del poeta se ejerce en la sombra, cierto, pero esa sombra es simbólica, es un lugar que la poesía tiene como propio; el poeta tan siquiera accede a tal lugar, está fuera de él, y por ello, sujeto a los avatares de cualquier ser humano. El poeta está solo, pero de esa soledad, surge la mano que se tiende, como parte de una colectividad, que bien lo acepte o lo rechace, es parte integral de sí mismo y de su universo poético: la poesía se debate entre la palabra solitaria y la construcción de vasos comunicantes: el poeta es ambigüedad, contradicción, maldición y bendición: poesía de soledad, poesía de comunión, dirá Octavio Paz.
La poesía, de suyo, implica un compromiso. La palabra poética es, y debe ser, una ética y una estética; y en este doble ejercicio, la palabra poética es crítica. Traigo nuevamente a Paz, con una cita ya lugar común: “la crítica del paraíso se llama lenguaje (...) la crítica del lenguaje se llama poesía”. El poeta traiciona la palabra, sí, pero la palabra de la convención, jamás la de la poesía, que es otra. El poeta es quien ve de un modo distinto, y distante; quien busca erosionar su estadio cultural, quien busca devolvernos al grito primigenio, al instante primero, antes de la escisión. El poeta ve en la maleza el paraíso que perdió el ser humano, justamente cuando descubrió el lenguaje. Desde entonces, el poeta lucha con la palabra y a pesar de ella, para poder escuchar el rumor del agua primordial, de ese océano universal en el que no había mano, pie, silla, mesa, estrella, árbol, vida o muerte, sino solamente el murmullo de un dios lejano, reverberando en los confines del único, del que siempre está solo, diría Borges; pero que está solo, porque es uno solo con el mundo.
San José, 10 de octubre de 2007
* Escritor, filólogo, profesor y editor